El contador de estrellas

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

En Villa Guillermina, el chaqueño Abel Tejada sale por las noches a mirar el cielo. Nadie sabe bien desde cuándo. Suele pasarse una gran cantidad de horas parado en las veredas de Dorrego, Rivadavia, Humberto Primo o Tucumán, siempre con la cabeza inclinada hacia arriba.
En el barrio dicen que cuenta estrellas. Comparten ese chisme con una mezcla de burla y respeto. Algunos agregan que, de chico, no se animaba a levantar la vista hacia el horizonte. Que en el campo, en su pueblo natal, unas viejas le metieron miedo:
—El que cuenta todas las estrellas se muere pa’ siempre. Queda duro ahí nomás, de golpe, igual que si le cayera un rayo.
La otra noche yo iba caminando, distraído, y lo choqué en la esquina de San Lorenzo y Rivadavia. Me lo llevé por delante cuando iba con el celu en la mano, escrolleando unos videos de TikTok.
—Perdón —le dije, apenas lo reconocí, y guardé el teléfono en el bolsillo del jean.
El chaqueño no se enojó. Ni siquiera pareció sorprendido. Me miró un segundo y después volvió a levantar la vista.
Me quedé suspendido entre seguir o quedarme, hasta que él afirmó:
—¿Sabías que ver la luz de las estrellas es ver el pasado?
Algo parecido había oído en un reel de Instagram, sin entender bien el significado.
—La luz no llega enseguida —aclaró, como dándome una respuesta—. Tarda años, décadas, siglos. Cuando mirás una estrella, la ves como fue, no como es. Capaz que ya no existe, pero su luz sigue viniendo.
Tras una pausa provocada por el ruido de una moto, Abel agregó:
—¿Pensaste en todas las cosas que alguna vez existieron en el barrio y ya no están: casas, comercios, vecinos, familiares? En el universo hay entre cien mil trillones y trescientos mil trillones de estrellas. Cada una representa infinidad de historias.
No tenía idea qué contestarle cuando me acordé de los rumores y le tiré:
—Dicen que si las contás todas te morís.
—Capaz, sí. Pero podés pasarte toda la vida contándolas —respondió, serio.
—¿Por qué te gusta mirarlas? —pregunté.
A modo de respuesta, volvió su mirada al firmamento.
Lo imité y comencé a escuchar el rodar de su voz. Disertó sobre infinidad de estrellas, galaxias y constelaciones. Mencionó la Vía Láctea, la Cruz del Sur, la nebulosa del Cangrejo, el Omega Centauri.
Cuando terminó o se cansó, bajó la vista y me dio la mano en señal de despedida.
—¿Por qué te gusta mirarlas? —insistí, conmovido por lo que había sentido bajo el cielo enorme de Guillermina.
Se dio media vuelta para irse. Cuando pensé que ya no iba a decir nada más, comentó:
—Si dejamos de mirar, nadie se va a enterar el día que desaparezcan.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar | Archivo Esto No Está Chequeado

Aviso