DOCENCIA RURAL | Apostolados vigentes

Escribe: Dra. Claudia G. Muscio | Museo de Historia Regional Tristán Suárez Distrito de Ezeiza

Desde hace algunos años, recorremos establecimientos educativos en distintas provincias. Lo hacemos en representación de nuestro Museo, con el objetivo no solo de interiorizarnos acerca de las políticas educativas provinciales, sino también de profundizar en la realidad social del ámbito rural.
Los maestros rurales son un preciso vector de transmisión educativa y cultural: están inmersos en realidades desnudas, sin ropaje institucional, con una clara percepción de las peculiaridades vitales de cada uno de sus alumnos. Decimos “de cada uno” porque se trata de escuelas con escasa matrícula, situación que promueve una enseñanza personalizada y un acercamiento específico en el proceso de aprendizaje. Están dotados de herramientas necesarias para desempeñarse como lo hacen: profesionalismo, personalidad, consagración y, por sobre todas, la capacidad de detectar con rapidez el marco referencial de cada niño o niña.
El campo —fenómeno que se observa a nivel mundial— está perdiendo población en proporciones geométricas. En consecuencia, las escuelas rurales no abundan y, en muchos casos, cierran.
En Malargüe, Mendoza, hemos conocido la realidad de las escuelas albergue. A ellas concurren, por lo general, hijos de crianceros. Sus padres protagonizan invernadas y veranadas en la cordillera, dedicados a la cría de cabras y viviendo en campamentos. Los niños asisten quincenalmente a la escuela, donde permanecen durante quince días completos, al igual que sus maestros.
En una oportunidad, la directora del Museo de Malargüe me informó que una hija de crianceros —hoy integrante del CONICET— estaba trabajando en el desarrollo de una vacuna contra el COVID-19: un claro ejemplo de la educación como factor de promoción social.
En Concarán, provincia de San Luis, en un área rural, una directora —también a cargo de grado— relataba su experiencia en el mismo ámbito escolar al que asistió como alumna. Se refería a cómo afronta situaciones de violencia y cómo se van moldeando ciertos hábitos para asegurar una convivencia armónica. “Los niños —decía— prefieren en el desayuno mate cocido y tortas fritas, aunque el servicio escolar ofrezca yogur y otros alimentos saludables”
En Las Chacras, San Luis, la directora de otro establecimiento manifestaba que las autoridades educativas de la capital puntana consideran las tareas rurales de los niños como trabajo infantil. Postura que ella no comparte, ya que entiende que el hábito colaborativo en las tareas familiares forma parte de la idiosincrasia rural y que, por ello, los niños no dejan de asistir a la escuela ni de cumplir con sus obligaciones escolares.
Con todo esto buscamos cotejar la mirada urbana con la rural. La primera es veloz, atada a la moda y, en ocasiones, encorsetada en valores transnacionales. La segunda se toma su tiempo, desconoce la ansiedad y adquiere una personalidad propia, dado que las distancias promueven, muchas veces, mayor autonomía y creatividad.
Todos los docentes entrevistados ponderan y adhieren con convicción a la Convención sobre los Derechos del Niño. Ninguno de ellos —como tampoco quienes visitan cotidianamente el Museo— pone en duda que los derechos de los menores deben jerarquizarse por sobre los demás en nuestro orden jurídico institucional.
La Directora de Las Chacras se manifestaba “orgullosa de lo buenitos que son sus niños”, y todos esos maestros y maestras tienen una actitud de consagración digna de elogio: entienden la docencia como un verdadero apostolado.
Ocuparse de la educación es alteridad, es otredad: es comprender que no existe herramienta más transformadora ni tarea más esencial que la docente.

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