Por Carlos Renoldi(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses
Algunas veces al año, el tío Meca venía a los pagos de Ezeiza a comer un costillar. Según él, era más rico que los de Gualeguay. “Tiene gusto a chancho” lanzaba y nosotros pensábamos que tal vez tenía razón a causa de la alimentación.
A sus 80 años, como todo viejo, le gustaba repetir sus historias de juventud. Aunque ya las habíamos oído varias veces, le pedíamos que las vuelva contar. Nos causaba mucha gracia cómo se poseía en su relato.
Una era de su época de policía rural novato. Comandaba la tropa un comisario que soñaba con dirigir un ejército, pero debía conformarse con un sargento y el tío como único soldado de tropa.
Una noche, el ejército del comisario, el sargento y el tío patrullaban la zona montados a caballo.
Se detuvieron en la oscuridad a unos cincuenta metros de un rancho donde estaba en pleno esplendor una fiesta donde el gauchaje bailaba en un patio de tierra, al compás de algunas guitarras y una acordeón, iluminados por faroles a kerosene.
El comisario se acercó sigiloso a la multitud y detuvo su corcel en el centro de la pista de baile. Mientras se producía un tremendo silencio, advirtió en voz alta y clara:
—La cosa es hasta las doce de la noche. Lo dice la ley.
—Sí, sí, comisario, no se haga problemas —contestaron algunos, bastante alegres.
El comisario se retiró adonde lo aguardaba su tropa.
Los tres esperaron el paso del tiempo, bajo el manto de la noche.
Cuando estaba por llegar la medianoche, el comisario volvió a entrar al patio de tierra donde nadie parecía haber escuchado su advertencia.
—¡Son las doce menos cinco! —gritó—. ¡Hay que terminar la fiesta!
—No hay problema, comisario —decían los concurrentes, casi burlándose.
El comisario una vez más giró su caballo y volvió a retirarse. Reunido con el sargento y el tío Meca, esperaron esos cinco minutos.
Pasado ese tiempo, el comisario ordenó a su caballería:
—¡Desenvainen, patriotas! —y apuntando con su sable a fiesta, que seguía como si nada, gritó a toda voz—: ¡A la carga, mis valientes!
(*)El relato forma parte de La palabra inquieta.
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