El poste de Alfonsina Storni

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

Flaco, medio torcido, con astillas, grietas y manchas de cal. Carteles de plomeros, tarotistas y otros servicios. Cables tirándole de los hombros. El poste de madera está en el barrio Alfonsina Storni. Sigue firme desde el siglo pasado, como un sobreviviente.
Durante décadas hizo lo suyo sin decir nada: sostuvo el tendido y se bancó pelotazos, perros haciendo sus necesidades, parejas trasnochadas y vecinos que lo usan de apoyo para arreglar el mundo. Lo vi sin verlo hasta que, una noche, el poste me chistó. Yo venía de comer un asado con mis amigos del club.
—Soy de 1937. La ciudad de Buenos Aires tuvo luz antes que nosotros. Acá siempre tenemos que esperar un poco —tiró, medio resentido, como si llevara años esperando que alguien lo escuchara.
—Antes —prosiguió— la noche era oscura de verdad. Todo era negro, viste. Salvo por los bichitos de luz, que andaban entre los pastizales. A mí me gustaba la época en que las ranas y las chicharras cantaban más afinadas.
Saqué el celular para grabar la conversación. Apenas apreté play, cerró la boca. Pasó media hora hasta que entendí:
—Está bien —acepté y apagué el grabador.
—En la zona, el quilombo grande vino al poco tiempo de mi llegada —lanzó—. Aparecieron máquinas, camiones, tipos con planos que miraban todo como si estuvieran viendo el siglo veintiuno. El aeropuerto se estaba armando y la luz se volvió importante.
El poste lanzaba fechas, narraba escenas, repetía frases oídas al pasar. Me mareaba escucharlo.
—Me acuerdo de los carnavales, de los primeros asfaltos, de las vacas que andaban por acá y se fueron volando con los aviones. Una vez vi un asesinato y un choque de motos. Fui testigo de muchas cosas en esta calle. Nací en Entre Ríos y me trajeron en camión hasta Ezeiza. A mí me hubiera gustado ser el marco de un cuadro, una tabla de cortar carne, la base de un martillo, una guitarra, la madera de un bote. Qué lindo hubiera sido recorrer el mundo, conocer otras culturas, aprender distintos idiomas. Por eso todavía no termino de comprender bien una cosa…
—¿Qué? —quise saber.
Escuché una carraspera y un intento de aclarar la voz. Oí que murmuraba “algún día…” cuando pasó un muchacho por la esquina y el palo volvió a callarse.
Me quedé unos diez o quince minutos, hasta que, cansado, le dije:
—Chau —y di media vuelta.
La madera crujió y el alumbrado público titiló. Como última frase, el poste comentó:
—Algún día quisiera que me expliquen por qué me dejaron plantado en este rincón del mundo.

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