Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
Roque Etcheverry, vecino de Sol de Oro, era dueño de una prodigiosa memoria.
—Alto resentido —califica el almacenero Rubén Núñez en diálogo con este medio—. Una vez le vendí sin querer una leche vencida y me lo refregaba siempre.
Roque jamás perdonaba una injuria. A pesar de sus siete décadas, echaba humo al recordar cuando con tres años Papá Noel no le trajo su anhelado triciclo De Vito HP 503 de origen lituano. Todos los 25 de diciembre Roque hacía un brindis por la destrucción de San Nicolás, los reyes magos, los arbolitos de Navidad y cada detalle relacionado con las Fiestas. En 1994 decidió construir una catapulta para derribar el trineo de Papá Noel. Una vez en el suelo, lo reventaría a tortazos y quemaría los regalos.
—Estuvo meses hablando de lo mismo —continúa Núñez—. Nadie lo aguantaba. Menos los chicos. Dos por tres lo cascoteaban.
Roque fabricó su catapulta y la cargó con una bolsa llena de ladrillos. La medianoche del 25, agarró un telescopio y ojeó el cielo. Salvo fuegos artificiales y estrellas, nada. Hasta que por el sur apareció surcando el firmamento a toda velocidad una luz roja brillante. Ni bien Roque la tuvo a tiro, le arrojó el proyectil. La luz hizo una pirueta y esquivó el bulto. Roque maldijo su suerte y notó sorprendido que la refulgencia expulsaba un objeto sobre él.
—Una bomba —aclara Núñez—. Hizo ¡pum! y ya no hubo ni catapulta ni casa ni Roque. Todo Sol de Oro salió a festejar.
Donde se alzaba el hogar de Roque quedó un agujero que los vecinos transformaron en lagunita artificial. Ahí se convocan todas las navidades para festejar entre asado, regalos, vino y música.
En cuanto al papel de Papá Noel en el bombardeo, el empresario del Polo Norte nunca aclaró si participó. La Palabra intentó contactarlo sin suerte. Fuentes no oficiales afirman que, al repartir regalos por lugares picantes, Papá Noel siempre va armado y es preferible no perturbar su paciencia.
—Ni idea quién tiró el bombazo —cierra Núñez—, pero nos sacó de encima a un insufrible y de yapa conseguimos lugar para festejar. Si eso no es un regalo de Navidad, no sé qué es.
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