Escribe: Dr. Ángel Alberto Pascua | Veterinario M.P. N° 4327, autor del libro Aimé, Mancha y Gato (Maizal, 2018)
El 23 de abril de 1925 partieron hacia su gran aventura los caballos criollos Mancha y Gato, guiados por el jinete Aimé Félix Helmut Tschiffely, de origen suizo. La idea era unir la capital de la República Argentina, Buenos Aires, con la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, la ciudad de Washington, a caballo.
Saliendo desde las puertas de la Sociedad Rural Argentina, ante una escasa concurrencia que creía que esta cabalgata era una locura, nuestro caballista se despide de su patrocinante y amigo, el doctor don Emilio Solanet, con estas palabras: “Esté tranquilo, concluiré mi raid”.
Y así partió, con rumbo norte, en un largo andar que lo llevaría a recorrer Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. Finalmente: México y los Estados Unidos de Norteamérica… llevando la bandera argentina y mostrando al mundo las aptitudes del caballo criollo.
Fueron 21.500 kilómetros, cubiertos en 504 etapas, a un promedio de 42,6 kilómetros por día de marcha, con un récord de altitud de 5.900 metros. Ni el desierto ni la llanura, ni la montaña ni el mar; ni el hambre, la sed, los insectos, los animales salvajes, los senderos, los precipicios, los tembladerales ni los pantanos… ¡ni siquiera la malaria! Nada pudo contra la determinación y la voluntad de este notable trío, un magnífico grupo de aventureros.
Unieron 13 países, recorrieron las tres Américas y llegaron a su meta el día 28 de agosto de 1928, para luego desfilar por la Quinta Avenida de Nueva York el 20 de septiembre, hoy conocido como el Día del Caballo. Vaya ejemplo para nuestras futuras generaciones: revivir, recordar, conocer y difundir aquellos hechos del pasado que, pese al paso del tiempo, no han perdido sus aires de grandeza. Este recordatorio, esta epopeya plagada de coraje y osadía, nos demuestra que entre lo posible y lo imposible solo se encuentra la voluntad del hombre.
Que tanto andar no sea en vano, y que este humilde escrito, a modo de homenaje, sirva para honrar a este prohombre —más argentino que muchos— que creyó en las virtudes del caballo criollo y, luego de tres años, cuatro meses y seis días, nos las demostró.
Y también a Mancha y Gato, verdaderos protagonistas de este hito histórico: equinos excepcionales, fieles exponentes de la raza criolla y de nuestra argentinidad.
Más allá de todo lo escrito por Aimé F. Tschiffely, le propongo al lector que reviva —o conozca— estas páginas llenas de innumerables peripecias.


