Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
Hace unos días vino a La Palabra la Pirata Domínguez y me pidió un feca. Nos sentamos a la mesa y ella contó que en un toque tenía box en el gimnasio de Santiago Varas. Le pregunté por el origen de esa afición por las piñas.
—De mi infancia en Suárez —aclaró y dio un sorbo—. Cuando era piba, no había ni el celular, el emepetré, el emepecuatro, el wachin steijin joupen vaidor, el pikir jouldem boul, la computadora, el procón, la redy. Son todos aparatos que median entre la realidad del hombre y la vida real. La juventud era sana, todas las tardes nos juntábamos los pibes del barrio (seríamos diez) y nos agarrábamos a trompadas. Había que entretenerse, Torosaurio. Esto no le gustaba a un cura que había llegado de Buenos Aires, al que le llamábamos “Paz”. Decía que éramos la barbarie encarnada. Sarmientino, el hombre. Una vuelta intentó civilizarnos.
—¿Cómo?
—Organizó una búsqueda del tesoro. La idea era que laburemos en conjunto y aprendamos a dirimir nuestras diferencias de forma aburrida. Buscamos por todos lados: en la estación de Suárez, en el almacén La Simbólica, en la ferretería de los Bórtoli, en la iglesia y hasta en las zanjas. Al final encontramos el tesoro en el baño de la casa del cura. Era un cofre de pinotea. Para abrirlo tuvimos que hacer fuerza entre todos.
—¿Adentro qué había?
—Un papel que decía “El verdadero tesoro es ser buenos compañeros”.
—¡Qué maravilla! —me reí.
—¡¿Maravilla?! ¡Un insulto a nuestra inteligencia! Agarramos al cura y lo reventamos a trompadas. Quedó peor que Kosovo. Se zafó y tomó el primer tren a Buenos Aires. De arriba nos gritó que estábamos todos poseídos. Así es la curia: la culpa siempre la tiene el diablo. Nunca más vimos a Paz. A partir de ahí, nadie nos discutió los churrascazos. Fuimos muy felices.
—Mire qué lindo —la cargué—. ¿Y conserva ese puño, Pirata?
No hice tiempo a reaccionar. De la nada me vi desparramado por el piso, gritando de dolor y agarrándome la nariz. Miré mi mano: ensangrentadísima.
La Pirata se limpió los nudillos izquierdos con una servilleta.
—Mucho emepetré pero usted no frena una piña, Torosaurio —dijo. Se levantó y fue hasta la salida—. Los de mi época sí tenemos reflejos. Ahora dígame, ¿conservo el puño?
Abrió la puerta y se fue.
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