Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
La historia oficial suele enterrar hechos peculiares. Así ocurre con el Cine Marea, propiedad de Guillermo Festa, alias Guillote. El local abrió a mediados de 1972, sobre la calle French, con el estreno de Había una vez un circo. Guillote repartió volantes a rolete y puso un aviso en el programa radial de Sánchez Parra, pero apenas vendió tres tickets. Con las siguientes funciones la convocatoria no mejoró. El negocio se venía abajo cuando Guillote metió volantazo comercial.
—Mi primera peli condicionada la vi en el Marea —reivindica Alberto Churrúa, vecino de La Unión—. ¡Flor de experiencia! Lástima no puedo mencionar el título en este prestigioso medio.
Las funciones de trasnoche resultaron un éxito. Reventaban de espectadores que, a pesar de la oscuridad, usaban lentes negros y alzaban los cuellos de sus sacos. En el 73, el Marea incorporó casino, barra y revistería.
—¡Estaba buenísimo! —se entusiasma Churrúa—. Terminaban las pelis y yo me quedaba en la ruleta hasta que salía el sol.
Guillote empezó a ser reconocido en el mundo del cine alternativo. Organizaba festivales especializados donde invitaba a prestigiosos cineastas y actores. Su fama llegó al punto donde se lo mencionaba como futuro candidato a intendente.
Pero con el éxito llegaron detractores en medio de la convulsionada década del 70. La grey católica elevó una queja a la Diócesis de Lomas de Zamora, que se contactó con el curita local. El sacerdote se habría horrorizado ante la mención de “un recinto satánico en pleno Ezeiza”. Y se horrorizó más cuando oyó que la comunidad lo acusaba a él mismo de ser asiduo del local.
—Nada que ver —se atajó el cura—. Ya me ocupo.
Tras diversas protestas y demandas, el Marea bajó la persiana. La última sesión se dedicó a grandes éxitos votados por amigos de la casa. No faltaron ni timba, ni tragos ni lágrimas. Guillote repartió las revistas y huyó de la ciudad. Se desconoce su paradero.
—Nadie es profeta en su tierra —acaba Churrúa mientras se seca las lágrimas—. Más de un señor que hoy anda de traje y corbata pasó noches enteras en ese cine. Podrán callarlo, sin embargo hay impactos que superan las palabras. Marea dejó huella. Huella invisible, sí. Pero huella al fin.
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