La sonrisa de Burt Lancaster

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

—Abuela, ¿vos sabías que el 20 de octubre de 1994, el mismo día que nació Ezeiza, murió el actor Burt Lancaster? —le pregunté a Achebe apenas entré a su casa.
—Ni idea, Afrosito. Ese es el yanqui de las películas de cowboys, ¿no?
—Ese mismo. Tenía ochenta.
—¡Linda sonrisa! ¿De qué murió?
—De un infarto.
—¿Y no había ninguna ambulancia cerca?
Me acomodé en la silla del living. A veces, los comentarios de Achebe me provocan cierta perplejidad.
—Burt Lancaster ganó un Oscar por Elmer Gantry y estuvo nominado por De aquí a la eternidad. Trabajó hasta grande.
—¿Nunca se jubiló?
—Los actores no se retiran, abuela. Miralo al vecino Pietro, que sigue triunfando en la calle Corrientes.
—Acá, si te ven trabajar después de cierta edad, dan por sentado que no llegás a fin de mes. Allá, a los ochenta, seguís haciendo películas.
—Lancaster fue uno de los grandes actores de su generación.
—Era un hombre atractivo —dijo la abuela y después agregó—: ¿Por qué andás investigando?
—Me pidieron que escribiera algo sobre Ezeiza y el 20 de octubre de 1994. Como no se me ocurría nada original, googleé y apareció su biografía. Estoy un poco mareado.
—Contá que vino a filmar a la Argentina y pasó por el aeropuerto, donde se enamoró de mí, que era su fan. La relación no prosperó, porque no quise dejar al abuelo, que también era buen mozo.
—Eso es mentira.
—Es ficción, Afrosito. No me hagas explicar más. Además, en la zona hay muchos escenarios para un western. Sobran extras y hasta tenemos al Sheriff.
—Lancaster trabajó en grandes producciones, abuela. Tendría que hablar de eso. ¿Cómo podría relacionarlo con Ezeiza?
—¿Agarró muchos dólares?
—Supongo que sí, abuela.
—Entonces, por lo menos, se fue tranquilo. Acá hubiera sufrido con la mínima.
—No sé si uno se va tranquilo cuando se muere, abuela.
—¿Protestó alguna vez?
Abrí la boca, pero no supe qué responder sin empeorarlo todo.
Ella siguió hablando:
—Mi tío Jacinto llegó a los cien años. Vivía en Suárez, era tambero y se deslomaba trabajando. Él merecía un Oscar. Escribí eso.
—¡Estamos hablando de una figura internacional! De Jacinto no queda ni una foto.
—Cada uno tiene sus méritos.
—Burt Lancaster dejó una obra inolvidable.
—El tío Jacinto también: me enseñó la receta de las milanesas —respondió y me ordenó—: Abrí el freezer.
—¿Qué más puedo contar de Burt Lancaster?
Achebe señaló la puerta blanca llena de imanes.
—Sacá el tupper, poné la sartén y comamos en honor a Jacinto.
—Si Burt Lancaster viviera en Ezeiza, ¿qué le dirías?
La abuela pensó un instante:
—Que las milanesas de Hollywood son puro papel pintado.

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