La última cuerda

Por Jason Borges | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

El sol se esconde y la noche, que es el espejo de la sombra, me sorprende en Paso de la Patria y José Hernández. Camino hacia la 205, minado por la superstición y por el eco implacable de una leyenda urbana que alguien cifró en mi memoria.
La jornada ha sido interminable, igual que esos laberintos de arena que imagino en la vigilia.
Detrás percibo un andar, leve y sistemático, que persevera. Infiero que pertenece a un mozo del bar El Kibón a quien no pagué el último café. Abandoné la mesa con la secreta convicción de que me quitaría la vida en algún paso a nivel, pero la cobardía o la piedad de mí mismo me obligaron a postergar la decisión. Sigo vivo, si es que no se trata de una ilusión de la memoria, aun cuando habito la certidumbre de haber muerto hace ya muchos años.
Mi próxima existencia, prometo, será distinta: liquidaré las deudas del cuerpo y del espíritu, y hasta la propina.
Envuelto por las tinieblas trato de huir y pienso que acaso exista una orden secreta de inmortales que acorralan a los suicidas, impidiendo que escapemos impunes de las minucias de este mundo.
El olvido tal vez sea una ciencia rigurosa. En enciclopedias apócrifas traficadas por Frank Chino y la Pirata Domínguez se habla de una secta que custodiaba las cuentas pendientes de los difuntos, juzgando que nadie tiene derecho a la nada si aún debemos una moneda de cobre, un instante de atención hacia algún ser querido o un saldo en Mercado Pago.
No descarto que este perseguidor sea un atributo de mi propia culpa, una simetría atroz proyectada por la oscuridad sobre el asfalto gastado.
Llego a la barrera de Pravaz. No hay autos ni trenes a la vista. Los pasos de mi cazador no cesan y no me animo a mirar hacia atrás.
Cruzo las vías y apuro la marcha rumbo a Villa Guillermina, sabiendo que toda huida es una forma del regreso y que en alguna esquina, donde el café, los bares y la penumbra sean meras palabras, el mozo de El Kibón me entregará la cuenta y yo no tendré más remedio que saldarla.

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