MALVINAS Y EL VALS DE LOS 15 | Tras un manto de neblinas no las hemos de olvidar

Escribe: Dra. Cristina Alejandra Romano | Especial para LA PALABRA

Corría el año 1982. Quien suscribe cumplía 15: de vestido, rosas y algo más… En mi caso, como en el de muchas chicas, ese algo más trajo olor a sangre y muerte.
Concurría a la Escuela Normal Mentruyt de Banfield, donde años antes había desaparecido una división de compañeros. Pese a ello, docentes con mucha valentía y desafiando la muerte (entiende la adulta de hoy), como M. Codecido o C. Lafón, nos enseñaban, a pesar de todo —como la canción—, que la vida es hermosa y que existía un sistema de gobierno llamado democracia, que desconocíamos y solo leíamos en los libros. Nos enseñaban la Constitución con el documento en el banco. ¡Genial temeridad!
En ese ámbito, y apenas comenzadas las clases, un grupo de compañeros de 5º año fue llamado a hacer el servicio militar… y jamás volvieron. Escuchábamos en radio y televisión la marcha de Malvinas. Veíamos en la tele la Plaza de Mayo llena de gente con banderas y, desde el balcón de la Rosada, nos decían: “Que venga el Principito”. La guerra… ¿Qué era una guerra? Ni lo sabíamos con claridad. Pinky, en la tele, juntaba donaciones para los soldados y una actriz, Pierina Dalessi, anciana ya, donaba sus aros de oro. Todo muy confuso.
Ganábamos las batallas, según el relato oficial. Las caras de nuestros padres y docentes hablaban otro relato. Comentábamos, entre las intrascendencias de nuestra edad, de las notas y los exámenes para no llevarnos ninguna… qué estaría pasando en realidad.
Le preguntamos al profesor Lafón y, con gran paciencia y la bravura de quien por edad ha vivido todo, nos explicaba por qué estaba dándonos clase a nosotros y dónde, en realidad, debiera estar. Dónde, en realidad, estaban nuestros compañeros y en qué condiciones. Nos mirábamos consternadas: la edad del pavo, de pronto, se nos esfumó de un plumazo.
Mis compañeras y yo no teníamos allegados desaparecidos; nos preguntábamos qué pasaba en realidad, porque nos hablaban de la “división perdida”, pero no llegábamos a entender en su cabalidad el monstruoso alcance de tal situación. Cuando en junio nos enteramos de la rendición y de que habíamos perdido la guerra, pasamos de la sorpresa al espanto en un instante. ¿Y nuestros compañeros? Nadie nos decía. Sus hermanas y hermanos menores, algunos con los cuales compartíamos clases y recreos, lloraban, pero no querían hablar.
Los días se sucedieron… La vida nos fue llevando en nuestro propio devenir. En pocos años comenzamos a encontrarnos con los veteranos; algunos se convirtieron en nuestros amigos, en pareja o en padres de hijos de nuestros allegados cercanos. La guerra había dejado su terrible impronta, no solo en lesiones físicas, sino también emocionales y espirituales. Nunca nuestra vida fue igual. Hombres que, a pesar de hacer sus carreras universitarias, en algunos casos no pudieron, por sus reacciones emocionales, sostener sus matrimonios. Grandes esfuerzos por querer superar las huellas de la magna tragedia de tutearse con la muerte, pero el recuerdo emana como la ebullición de una olla a presión, pese al esfuerzo de ocultarlo.
El destrato social no ayudó a la recuperación. Muchos que conocí pasaron por la adicción al alcohol como forma de tratar de sobrevivir, o al trabajo. Las relaciones fueron conflictuales; la vida se corrió contra la situación límite vivida cuando aún no habíamos terminado ni la secundaria.
Aquellos genocidas que nos hirieron de muerte a quienes sobrevivimos, a aquellos jóvenes que no pudieron matar ni en las islas, ni con fusilamientos, ni tirándolos desde un avión, hoy, ya siendo abuelos, tratan de rematarnos, aprovechándose de la ignorancia de las nuevas generaciones, que solo conocen una guerra por los jueguitos de internet. Por eso, quienes peinamos entre 50 y 60 años tenemos la responsabilidad histórica de reivindicar, de honrar, manteniendo viva la memoria de los que quedaron en las islas y de quienes volvieron, pero cuya alma de adolescente quedó también sepultada en la nieve. No hay argentino, en sus cabales, que pueda reconocer nada bueno en Margaret Tatcher sin ser cómplice de aquella dictadura homicida.
Gracias, profes, por su acto heroico de tratar de que supiéramos, exponiendo sus vidas, aunque nunca hayan pisado suelo malvinense. La docencia es quien tiene la responsabilidad de continuar la memoria, hoy sin exponer su vida, sino su integridad intelectual y ética.

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