Recibió el 54º Premio Internacional de Cuento Ignacio Aldecoa (España) y su sexto libro será publicado por el sello Fulgencio Pimentel. La obra será presentada en Vitoria Gasteiz, Barcelona y Madrid. “Escribir es como ver: la escritura es una mirada sobre el mundo”, señaló en diálogo con LA PALABRA. Foto: Claudia Pérez Turk.
Fernando Garriga (1964), vecino de Ezeiza, obtuvo el 54º Premio Internacional de Cuento Ignacio Aldecoa (España). La distinción le otorgó una dotación de doce mil euros y la publicación de su sexto libro, Sacrificio, que en marzo está saliendo por el sello español Fulgencio Pimentel. Sus anteriores títulos son Escuela para ciegos (Malas Palabras Buks, 2013), Cumpleaños en la isla (Cienvolando Ediciones, 2016), Continuidad de la obra (Editorial Municipal de Córdoba, 2016), Las invasiones ranqueles según mamá (Modesto Rimba, 2019) y Casi una novela japonesa (Ediciones Salta el Pez, 2023). Con Continuidad de la obra ganó dos importantes certámenes en Argentina: el 3° puesto en el Premio Luis de Tejeda (Córdoba) y el 1° Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires.
Sacrificio, la flamante producción, está compuesta por seis relatos (“Un bucle de tiempo”, “Un segundo bucle de tiempo”, “Sacrificio”, “Un pez naranja”, “La banda de los enanos” y “Tilcara”) que ubican al lector en espacios físicos precisos (el río, el sur argentino, el conurbano), con un lenguaje envolvente que propone una tensión latente. Con personajes emblemáticos, los cuentos están construidos con elegancia a partir de detalles significativos y sugerentes. Estos recursos refuerzan la verosimilitud de los mundos construidos y dejan un espacio para que el lector disfrute y se identifique.
En una entrevista con LA PALABRA, el autor reflexionó sobre estos logros narrativos y sobre las expectativas en torno a la edición española.

UN VIAJE A OTRO ESPACIO-TIEMPO
—En los cuentos del nuevo libro hay variedad de escenarios argentinos: el río, Tilcara, el conurbano. El jurado señaló que el volumen “ofrece la posibilidad literaria de viajar de veras a otro lugar”. ¿Fue consciente esta búsqueda? ¿Sentís que propone un viaje, como dice el jurado?
—Sí, pero multidimensional. No se refiere a lugares específicos: se refiere a la percepción de esos lugares. El lenguaje también es un lugar. Hay tensiones en el lenguaje. Por ejemplo en “Un bucle de tiempo” se describe la lectura que hace un tipo de una historieta. Entran en tensión los dos lenguajes, el de la narración común y el de la narración de una historieta. Son dos niveles distintos del lenguaje, de los códigos, de las formas. Hay muchos lugares a los que se puede viajar. Incluso en el tiempo, por supuesto. Me súper mega interesa la temática del tiempo. Su análisis, su dinámica. Los cuentos de Sacrificio proponen verdaderamente un viaje a otro espacio-tiempo. A pesar de parecer realistas en la escritura los relatos son leídos como fantásticos porque lo que está distorsionado es la noción del tiempo y del lenguaje.
—Tu primer libro publicado fue Escuela para ciegos (2013). ¿Qué diferencias y qué continuidades encontrás entre aquel debut y este nuevo título?
—Escribir es estar aprendiendo siempre. Es fácil, alcanza con leer. Cuando vuelvo a alguno de esos cuentos me produce mucha ternura. Todavía se la bancan. Claro que he aprendido cosas en trece años. Me formé todo lo que pude y me sigo formando. Nada más. Las historias son historias y, como te dije antes, llevan adelante sus propias vidas. Dejaron de ser texto y pasaron a ser libro. Hay una diferencia en eso. Hay un editor en el medio. En Sacrificio hay otras búsquedas. Pero siempre en el terreno del juego de la imaginación, de la mirada puesta, al menos con un ojo, constantemente en la construcción, en las texturas y en la música de un lenguaje. Hay algo de inocencia en los primeros libros, de infancia en la escritura. La infancia es algo que no quiero perder de vista. Nunca. La mirada de la infancia, el jugar con la escritura. Jugar es lo esencial, si no, se vuelve aburrido.
—El mismo jurado destacó la “fuerza imaginativa” y el “control absoluto del ritmo”. ¿Cuánto de trabajo formal consciente hay en tu escritura y cuánto de intuición?
—Son dos momentos distintos. ¿Somos escritores sólo cuando escribimos? ¿No lo somos en el almacén o en el trabajo? Escribir es como ver: la escritura es una mirada sobre el mundo. La intuición está en la mirada, en la sensibilidad. Luego viene la parte de la corrección, el trabajo en lo formal. Aunque cuando nace un texto ya nace con su forma. Se corrige un texto durante mucho más tiempo que lo que lleva “escribirlo”. Y lo digo así, entre comillas, porque corregir es parte de escribir. Incluso es un hecho colectivo; uno se lo manda a los amigos, a la gente que nos rodea que muchas veces debe estar harta de nuestra literatura. Pero bueno, nos dan devoluciones, ajustamos esto, ajustamos lo otro. Se va formando, va cambiando. Le corregimos la música, le ajustamos los escenarios. Todo eso es trabajo formal. Es como meditar o hacer yoga. Uno repite y repite ese trabajo como un mantra y, de golpe, un día se descubre que, después de tantas repeticiones, se ha vuelto ritual, trascendente, mágico.
BUCLES DE TIEMPO
—En dos relatos (“Un bucle de tiempo” y “Un segundo bucle de tiempo”) aparecen el río y la isla, elementos que también están presentes en otros libros tuyos. ¿Qué encarnan para vos?
—Aunque te parezca raro, de alguna manera es una cuestión política o una descripción de la realidad. Sobre todo desde la pandemia. La soledad nos lleva a tirarnos de cabeza al consuelo de las redes sociales. Me parece que está generando otra pandemia de depresión y ansiedad. Se gastan muchas horas de la vida construyendo una cuestión virtual. Consumimos la virtualidad de los otros, toneladas propagandas-contenido. Algunos han logrado hacer arte en esos pequeños espacios. Logran narrar historias, generan personajes. Pero en general se miran las vidas de los otros. Vidas perfectas de salidas, de amigos, de triunfos profesionales. Vidas exasperantes de tan chévere. ¿Dónde están los poetas locos, los torturados, los que quieren ver explotar todo por el aire porque no aguantan más la imbecilidad, la injusticia, la desigualdad, el ecocidio? El río también es parte de mi historia. De chico, a principios de los setenta, me bañaba en el Río de la Plata. Iba con mis amigos, Peto, Jorge Blanco, Leonardo, el Japonés, a jugar en sus orillas. Vivíamos aventuras. Remé. El Delta me provoca una sensación, por un lado de nostalgia y, por el otro, de desmesura, de que todo es posible. La isla es una selva. El Río de la Plata también es un hecho político; cada vez que lo miro pienso en tres cosas: en mi infancia, en los indígenas y en los cuerpos arrojados desde aviones. Esas aguas son el guiso de la historia. Creo que es por eso que en mi escritura resulta recurrente.
—En “Tilcara” narrás la historia de un coya que resucita y que marcha como fuera del tiempo, escoltado por un perro resucitado. La visión del tiempo de los pueblos originarios es fundamentalmente cíclica y conectada a la naturaleza. ¿Qué te empujó a escribir este texto?
—La circularidad es una idea muy antigua. Creo que los bucles del tiempo, los dos cuentos, intentan establecer un diálogo con Borges, nuestro prócer que escribió Las ruinas circulares. A veces establecer un diálogo con algo escrito ayuda a soltarse, a no preocuparse por la trama. En el caso del coya, es una indagación más sobre ese tiempo que acontece al morir. Es preguntarse: ¿verdaderamente se detiene? Al momento de la muerte, ese tiempo en el que la conciencia se desprende del cuerpo y busca saber cómo manejarse, es tanta la soledad que mejor no pensar en ello. Salvo que seamos budistas, nos pasamos la vida negando que exista la muerte, como eternos. Es muy hermosa la costumbre, en el norte de nuestra patria, de ponerle plato y cubiertos en la mesa al que ha muerto. Eso se hace cada primero de noviembre. Se le sirven las comidas que más le gustaban, se pasa esa tarde con él o con ella. Hay nostalgia, hay coplas, hay vino. Como le salga a cada uno. La conexión con la vida silvestre, con las plantas en la naturaleza es lo que más me entusiasma del mundo. Pienso que esa conexión ha sido cortada por la posesión de la tierra con fines productivos. Al común de las personas solo les queda el rol de meros consumidores. La lógica es suicida, llega el punto en el que el sistema se consume a sí mismo. Se ignoran los tiempos de la siembra y de la cosecha, se ignora qué ingredientes componen lo que comemos. Creo que Tilcara habla de eso, aunque es sólo una de tantas lecturas posibles.

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS
—“La banda de los enanos” está ambientado en el conurbano. ¿Qué podés contarnos de su gestación?
—Ese cuento es la excusa para hablar de historia. De una pequeñísima porción de la historia del “descubrimiento” de América, arrancando desde la España de Carlos V. Un señor, Beto, que es de baja estatura, se ha jubilado y se dedica a buscar en Internet hechos de la historia. Vive en Tres Ombúes, autopista Ricchieri y Camino de Cintura. Escribe, por lo tanto, en La Palabra de Tres Ombúes, un periódico que es el orgullo local, como lo es para mí ahora aparecer en La Palabra de Ezeiza. En el complejo de departamentos de Beto conviven varios parientes, algunos de baja estatura y otros que no. En el primer piso viven una madre y una hija, albinas las dos. Al lado de ellas una mujer policía y en un extremo, un matrimonio de origen boliviano que son los caseros, los propietarios de todo el edificio. Esa es la plataforma desde donde se disparan historias en todas direcciones. Hablar del conurbano es hablar de mi lugar. Vivo aquí. Muchas veces me surge una pregunta. Tal vez vos o los lectores y las lectoras me ayuden a responderla. Nací en Capital, pero viví siempre en la Provincia. Hace veinticinco años que vivo en Ezeiza, por ejemplo. Tengo un hijo nacido en Ezeiza. Entonces, ¿soy un escritor de Ezeiza o soy de CABA, o tengo doble ciudadanía?
—En “Un pez naranja” narrás la historia de amor entre una expesista y un hombre de pequeña contextura física. ¿Qué te atrajo de este encuentro?
—Me gusta narrar la historia de cualquiera. Que haya disparidad en los cuerpos es un punto de partida, pero por qué no podrían enamorarse. A partir de ellos se narran otras cosas, o al menos se intenta. La extrañeza es un ingrediente que motiva la curiosidad y un desafío para empezar a contar. En realidad es como preguntarse cómo es la vida de tal o cual persona. Y arrancar, nomás, a contarla, para ver dónde te lleva, que importa si el personaje es calvo, rengo, trans; si es paloma, perro, gato, cucaracha o árbol. Toda vida se puede contar. Lo que pasa es que, cuando mirás de cerca, nadie es normal, ¿no?
UNA REFLEXIÓN SOBRE LA ESCRITURA
—El nuevo libro va a llamarse Sacrificio, como el cuento homónimo donde la aparición misteriosa de un caballo despierta en el protagonista un deseo o una pulsión por ocuparse del destino de ese animal. ¿Hay aquí una suerte de reflexión sobre la escritura, el arte en general o el mundo de las pasiones?
—Es una buena pregunta. Siempre hay, al escribir, una reflexión sobre lo que se está haciendo. La noción, la conciencia que tomamos de nosotros mismos como individuos, aquello que nos hace sentir personas, individuos, se produce cuando la mente toma conciencia de sí misma; por lo tanto, el arte de escribir implica una mirada sobre sí. Aunque, yo creo que, de existir en Sacrificio, no lo es conscientemente. De todos modos, coincido con lo que decís. Lo que sí, hay una reflexión consciente sobre la paulatina pérdida de la ruralidad en los barrios. El cemento va pesando más que los baldíos. Conocí muchas personas de a caballo cuando comencé a vivir en Ezeiza. Se fueron yendo. O al cielo o otros pagos, más naturales. Asisto azorado a cómo van apareciendo departamentos en mi barrio. Cómo los bichos tienen cada vez menos lugar. Las comadrejas, los búhos, los zorros. Todavía algunos quedan. Antes era común ver gente llevando a pastar caballos a terrenos libres. Todavía hay algunos que siguen con la práctica. Creo que habla de esas pasiones, también. Aunque luego se dispare hacia otros lugares. Hicieron un complejo de veinte viviendas en mi cuadra. El terreno, en la entrada, tenía un cardón hermoso, que daba flor y todo. Vinieron con la topadora y arrasaron. Del cardón quedó un pedacito partido, una porción que conservaba lo espinoso. Lo llevé a casa envuelto en una toalla, para no pincharme. Resucitó, ya supera el metro de altura. De esa resiliencia creo que habla el libro, de ese sacrificio.
—El nuevo libro será publicado en España y en breve viajarás para presentarlo. ¿Qué expectativas tenés respecto de su circulación entre los lectores españoles?
—Me hago muchísima ilusión, como dicen ellos, del recibimiento que hagan de mi obra. El libro será presentado primero en Vitoria Gasteiz, la capital del País Vasco, y luego en Barcelona; por último en Madrid. La editorial se llama Fulgencio Pimentel y el trabajo de edición fue muy divertido y motivador. Son gente muy seria. Me encanta formar parte del catálogo. Para mí es un gran desafío.

SOBRE LOS PREMIOS
En referencia a los premios obtenidos, Fernando Garriga señaló: “Aparte del orgullo por haber obtenido dos de los premios más prestigiosos en Argentina y en España, puedo decirte que los premios literarios, simplemente, son una manera de que te lean. Mandás tu obra y alguien la lee. Eso es todo. El camino que haga el texto depende de una serie de factores tan fortuitos como los que provocaron la escritura de ese mismo texto. Es puro azar. Al comité de lectura le gusta tu obra y la coloca en la lista corta o en la final. Qué más se puede pedir que estar en una final. Un jurado con un equilibrio determinado y bajo la influencia de una estética determinada compara tu obra con las otras nueve que tiene delante, que ha leído. Son dos lecturas, las del comité de selección, las del jurado. Al final votan. Ganar un concurso o no ganarlo depende del texto y nada más que del texto. No te hace mejor o peor escritor el resultado. Cada uno escribe lo que puede y ya, el resto lo hacen los libros solos, por ellos mismos. Si están bien escritos, están vivos. La lectura es un momento mágico, se produce en soledad, se siente, se vive. Es una experiencia. Se premia el sabor, la intensidad de esa experiencia. No se premia a una persona, se premia un texto. Contestando tu pregunta sobre qué significan para mí los premios: significan esperanza; un momento en el que está permitido soñar. La desilusión es parte de la ilusión. Tiene algo de la adrenalina del apostador. Sólo que nunca se pierde y a veces se gana. Pero lo importante que hay que saber de los concursos es eso: mandás tu obra y alguien la lee. Alguien calificado. Es gratis. Es genial. Hay que sacarle presión al asunto. Se manda y se olvida. A veces, algunos meses después, un email o una llamada te ponen a bailar solo en el jardín”.
PROYECTOS Y TALLERES
Fernando Garriga también nos habló de sus proyectos literarios y los talleres de escritura.
—¿En qué estás trabajando actualmente? —En varias cosas. No es que sean continuaciones, pero trabajo en la continuidad de “La banda de los enanos”. También en la de Casi una novela japonesa que fue publicada por Ediciones Salta el Pez en 2023. Me he dado cuenta de que escribo novelas hechas de cuentos. Por eso casi todos los cuentos que aparecen en Sacrificio son parte de colecciones mayores que se están escribiendo en otros libros o que ya fueron escritas. De “La banda de los enanos” tengo bastante más material. Al igual que una serie de cuentos ambientados en Japón que me gustan mucho. Está todo agrupado en un trabajo que provisionalmente llamé Ballenas, pero para que un texto se haga libro deben pasar varias cosas. Veremos qué pasa.
—Brindás talleres literarios. ¿Podés contarnos sobre esta actividad? —Compartir un taller es simplemente una actividad que no sabía que me gustaba tanto. La hago con mucho amor. Se trata de trabajar en la lectura de aquello en lo que las personas están trabajando y acompañar el proceso. Doy una mirada desde mi lugar, y digo lugar en el sentido de punto de mi búsqueda personal, lo que antes llamé el azar de la lectura. Usted está aquí y desde aquí mira. Y también escribe. Definir ese lugar es definir el narrador. Me gusta encontrar historias, descubrirlas como un diamante escondido entre los textos. El taller me ha dejado maravillosos amigos y amigas. Lo lindo de la literatura es que te da mucha cercanía con las personas; se hacen muchos amigos y amigas.
