LA SEMANA DE MAYO | La farolera tropezó…

Escribe: Dra. Cristina Alejandra Romano | Especial para LA PALABRA

Cuando algunos éramos niños, cantábamos en rondas: “La farolera tropezó y en la calle se cayó y al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel”. Sin querer, cantábamos, heredada del cancionero español, una de las grandes verdades políticas de nuestro tiempo: la luz de las ideas tropieza ante la fuerza del accionar violento del Estado que debiera protegernos. En esta semana cabe recordar, desde esa reflexión, que, a pesar de que siempre se ha hablado con romanticismo de la Semana de Mayo y del nacimiento de la Patria, el parto no fue sin dolor y hubo varios episodios que oscurecieron el alumbramiento de las ideas de la verdadera libertad. Cabe citar el reglamento que organizara la Primera Junta de Gobierno en 1810 que, a solo tres días de formada, decía: “Séptimo. Las armas harán a la Junta los mismos honores que a los señores virreyes y, en las funciones de tabla, se guardará con ella el mismo ceremonial. Octavo. El señor presidente recibirá en su persona el tratamiento y honores de la Junta como presidente de ella, los cuales se le tributarán en toda situación”. Las ideas revolucionarias de libertad e igualdad que llevaron a su formación tropezaron rápidamente con la oscuridad de la superioridad de quienes se arrogaban el poder militar de dirigir los destinos. Pronto, las ideas chocaron en la práctica con la realidad de la resistencia en los hechos, donde el fin de algunos de sus hombres era que todo cambiara para que nada cambiara. De ahí que las verdaderas ideas liberales de Moreno, como secretario de la Junta, tropezaran con las aspiraciones de nueva realeza americana de Saavedra. La tensión devino en violencia y muerte. Lamentablemente, como ya no se enseñan estos avatares de la historia ni se repiten las canciones infantiles con dejo de enseñanza y reflexión, vemos que, cambiando de ropaje y tecnología, una vez más las ideas de libertad se vuelven, carajo, oscurantismo, donde las desigualdades afloran ante una corona imperial que ya no es simbolizada en un postre de azúcar, sino en un águila con estrellas, a cuyas plantas se rinde un león.

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