Como ocurre desde hace décadas, Ezeiza volvió a convertirse en la puerta de entrada de las grandes emociones deportivas argentinas. Sus rutas, su aeropuerto y el predio de la AFA fueron nuevamente escenario de una postal que ya forma parte de la identidad del distrito: miles de hinchas esperando el paso de la Selección. Por Gerardo Patricio Témez | Especial La Palabra de Ezeiza
No hubo copa levantada al cielo. No hubo caravana interminable ni un Obelisco desbordado. Tampoco hizo falta.
El lunes, desde mucho antes de que el avión tocara pista en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, cientos de familias comenzaron a ocupar los alrededores del predio de la AFA con banderas, camisetas, bombos y la ilusión de decir simplemente “gracias”. Porque el fútbol argentino conoce la diferencia entre perder una final y quedarse sin orgullo.
La Selección Argentina regresó al país después de obtener el subcampeonato del Mundial 2026, tras una campaña que volvió a colocar a la Albiceleste entre las mejores del planeta. El equipo de Lionel Scaloni cayó por la mínima diferencia frente a España en la final, pero volvió con el reconocimiento de un pueblo que aprendió a valorar mucho más que un resultado.
Como ocurre desde hace décadas, Ezeiza volvió a convertirse en la puerta de entrada de las grandes emociones deportivas argentinas. Sus rutas, su aeropuerto y el predio de la AFA fueron nuevamente escenario de una postal que ya forma parte de la identidad del distrito: miles de hinchas esperando el paso de la Selección.
Había chicos que apenas conocieron a esta generación de futbolistas, padres que recordaban el regreso de México 86, jóvenes que crecieron con la conquista de Qatar 2022 y abuelos convencidos de que el fútbol sigue siendo una de las formas más genuinas de encontrarse.
La ovación fue para todos. Para Emiliano “Dibu” Martínez, para Nicolás Otamendi, para Alexis Mac Allister, para Julián Álvarez, para el cuerpo técnico encabezado por Scaloni y también para quienes no pudieron regresar junto al plantel. Porque el aplauso no distinguía nombres: era un reconocimiento colectivo a un equipo que volvió a competir hasta el último partido del Mundial.
Las banderas flameaban pese al frío. “Muchachos” volvió a sonar una y otra vez, aunque esta vez con un matiz distinto: menos euforia, más agradecimiento. Nadie parecía dispuesto a medir el cariño por la cantidad de títulos.
Ezeiza conoce como pocos el significado de las llegadas. Desde este aeropuerto parten y regresan miles de historias cada año. Algunas comienzan. Otras terminan. Pero cuando vuelve la Selección Argentina, el distrito entero parece detenerse unos minutos para convertirse en el primer abrazo del país.
Porque las derrotas dignas también construyen historia. Como en Uruguay 1930, Italia 1990 y Brasil 2014.
Y porque, una vez más, fue Ezeiza el lugar donde la Argentina empezó a decirles gracias.
