NIÑEZ Y DERECHOS | ¿Estamos de la nuca o del tomate?

Escribe: Dra. Cristina Alejandra Romano | Especial para LA PALABRA

Hubo una expresión muy popular en los 90, “estar de la nuca”, frase que la filósofa Josefina Daguetilongue asoció sabiamente con la condición al nacer de las clases más vulnerables: estar atrás, lo que no se ve, lo que no se puede alcanzar. Hay muchos entre nosotros a quienes les ha tocado nacer en esa condición, condenados desde el útero materno a la postergación y a las carencias de todo tipo.
Deambulan entre la que se autodenomina ahora “gente de bien” (en los 90, “gente como uno”). Son invisibilizados en las áreas urbanas; están en semáforos y restaurantes pidiendo lo que a la gente de bien le sobra, pero no se los ve. Se les da o no monedas, pero no se los registra como personas en formación con necesidades que se deben saciar.
Ese chiquilín de Bachín que en algún momento nos hirió con tres rosas, dos paquetes de pañuelos o uno de caramelos a cambio de monedas de subsistencia —ese que ningún miembro de la casta política vio al frenar en un semáforo— llega a la pubertad. Ya nadie le da limosna; ahora asusta con su presencia y su gorrita con visera a esa misma parte de la sociedad que invisibilizó su infancia de carencias. Entonces saltan las alarmas: debemos encerrarlo, debemos apartarlo del contacto con los jóvenes de la gente de bien criados al mismo TikTok que estos otros, pero con la Play 1200 en su mano y el auto de papá para hacer picadas y tal vez, por azar, matar a uno de ellos. Pero ¿cuál es el problema? Nadie reclamó su vida, tampoco lo harán con su muerte.
Puede que el cruel destino haga que esos seres nacidos en el “no ser” sean captados por delincuentes o narcotraficantes y también terminen delinquiendo. Y, como dije, a la gente de bien ahora estos adolescentes los aterrorizan y solicitan “cárcel o bala”, sin importar que quien lo pregona sea el mismo que alimenta al adolescente vulnerable a delinquir.
Cuando el sistema judicial se atreve, con alguna jueza con agallas, a cumplir su función protectoria de la infancia, a aplicar la Convención sobre los Derechos del Niño para TODOS los niños y no solo para los hijos de la gente de bien, otra vez se enciende la sirena del miedo y se trata, hasta con medios ilegales, de acallarla. Pedir juicio político a una jueza por una sentencia en la que dio visibilidad a los de la nuca, a los vulnerables, a aquellos que usted en un semáforo no ve al subir su vidrio polarizado, es un tremendo acto de cobardía social.
¡Es hora de que la Patria se los demande!

Ilustración: Juanito Laguna aprende a leer, óleo de 1961, de Antonio Berni (1905-1981)

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