Por Irasco Borrokatu | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
Me perdí en las profundidades del bosque; dejé la urbe de Ezeiza atrás, vagando con la soledad que me aplastaba el pecho.
Iba abriendo camino entre cardos y pastizales cuando encontré un círculo de tierra que se abría frente a mí. En su centro, sobre un pequeño montículo, un haz de luz se hacía visible, favorecido por la tarde gris. Me acerqué y descubrí que era una hebra de fuego, apenas vibrando, un hilo de vida.
Al notar mi presencia, ella titiló: se agrandó un poco y volvió a achicarse, con el miedo de quien fue herido. Busqué unas ramas secas y las arrojé para alimentarla; ella chispeó y pareció desaparecer. Rápido acomodé las ramas para darle espacio y que le entrara aire; se aferró a una ramita, a otra, y creció; sin embargo, chispeó con fuerza y me quemó, en algún punto agradecida pero aún sin confiar.
Noté que había más montículos alrededor, tapados por la tierra y el tiempo. Puse manos a la obra y los limpié. Se revelaron piedras que la adornaban de manera coqueta y unos troncos que parecían esperar a alguien que se fue hace mucho. Era una fogata hermosa. Seguí alimentándola: ella se asustaba y me quemaba para alejarme; pero yo perseveraba con suavidad y ternura.
—¿Cuántas risas y bailes han pasado aquí? —le pregunté—. ¿Quién pudo echarte tanta tierra para apagarte así?
Ella creció, brilló y se encogió, como quien recuerda una felicidad lejana y luego la mano oscura de quien te consume. Creo que nos entendíamos; en eso éramos iguales.
Busqué maderas más grandes: su crecimiento lo ameritaba. Esta vez no explotó ni se asustó; mientras yo le acomodaba las maderas, ella fue creciendo con sensualidad; ya no me quemaba: me daba calor, como si acariciara mi mejilla y abrazara mi cuello.
Éramos distintos, pero nos entendíamos. Me senté a su lado y ya no vagué más. Ella sería mi hogar, siempre y cuando me lo permitiera.
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