HISTORIA | Los enanos se escaparon del jardín

Escribe Lic. Patricia Celia Faure | Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza

LOS ENANOS DE FANTASÍA
En épocas de lenguaje inclusivo se interpreta como discriminador o freak decir “enanos”. Pero así figuran en los libros de otras décadas tan traumatizadas como las de hoy. Decenas de generaciones aprendieron a leer con las peripecias del enano Tilín que perdía su campanita yendo a parar a la panza de un sapo. O en el libro Calidoscopio o en Piruetas, todos maravillosamente ilustrados por Athos Cozzi. Y sólo evocamos los textos escolares.
LOS ENANOS DE VERDAD
Aquí en Ezeiza había un hogar habitado exclusivamente por gente enana, o, como se dice hoy, personas de talla baja. Se entraba a la casa por 12 de Octubre. La cuadrícula aún era un proyecto. Por cateo visual de materiales se nos hace que era contemporánea de la que la gente conoce hoy como la Quinta de Oscar (la que luce chanfleada respecto de las casas vecinas) sería un puesto que señalaban habitado para justificar el escaso uso de la tierra sobre la calle Derqui, tiempo ha.
Pero cuando llegaron los enanos, la situación se revirtió y se dedicaron con esmero a la quinta. Los vecinos salían cargados de verduras frescas que les vendían, regada con agua del arroyito cercano. Los frutales eran la tentación de los pibes que, durante el verano, se las ingeniaban para colarse y robar ciruelas verdes, aunque tuvieran que aguantarse la lluvia de piedras con que buscaban ahuyentarlos. Ladeado el cuerpo por el morral de arpillera, siempre lleno y pesado vaya uno a saber de qué. De ahí surge tal vez el efectivo uso pedagógico del“viejo de la bolsa” que así buscaba aplacar rebeldías de niños. Ni ahí.
Yo veía un enano todas las tardes cuando esperaba que trajeran la quinta edición de La Razón y me regalaba un paquetito de galletitas Colegial. Y todos felices.
Los terrenos donde habitaban eran bajos y se anegaban con frecuencia. Ante el rebalse los enanos lloraban con conmovedora desdicha, la lluvia los aislaba y debían refugiarse en el techo de la casita. Las expresiones y gritos dolorosos clamando ayuda se oían hasta en la escuela primaria 28 de Ezeiza. Y todos tristes.
Tan normal era su presencia como la que teníamos mirando por la televisión El show de Anteojito y Antifaz, donde un Hada Patricia compensaba las maldades de una bruja Cachavacha agitando su varita.
¿FIN?
Como todo ser mágica, un día ¡chus! y no los vi más. Y eso que pregunté. Mi primo Hugo Rottoli me contó que los escuchaba entre truenos y chaparrones, sentado al final del vagón escuela distante unas tres cuadras. Carlos Amorós ligó en la espalda por robarles fruta. Hilda Bazán vivió en la casita después que ellos ya no la habitaban y, desde entonces, se fue gestando la leyenda de que en una discusión familiar, uno de los enanos resultó muerto y lo enterraron bajo la cama dentro del dormitorio. Que hasta la policía vino a investigar.
Quien puede saber el futuro: con el calentamiento global tal vez resurja como manantial que perfora la roca el arroyito generoso. La gente se achaparre achicharrada de calor y salgamos todos a vender tomates con bolsas de arpillera.
—¿A cuánto el kilo?
—Espere que miro la cotización del dólar en el smarthphon.

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