Escribe: Dra. Cristina Alejandra Romano, abogada del niño
Había una vez, en “el país del no me acuerdo”, “yo no fui” y “algo habrán hecho”, que la semántica de una palabra tuvo más importancia que aquello que nombraba. Usted dirá… Eso es imposible, pero los imposibles cobran vida de vez en cuando. En un país en el que la desnutrición en niños menores de un año se oculta bajo la alfombra y el analfabetismo funcional también, se entablaron acaloradas discusiones sobre si se debe decir niño o niñez. Pareciera una simple cuestión de eruditos en semántica, pero no lo es tanto.
¿Qué esconde la acalorada discusión lingüística? Toneladas de discriminación, racismo y hasta desprecio por los mismos nombrados. Lo aclararé con un ejemplo: hace muy poco tiempo, en una familia de las que se cree “gente de bien”, tuvieron un descendiente. El pequeño es objeto de la adoración de sus familiares, elogiado y mimado por demás. Uno de tales elogios, en una reunión familiar, fue: “Es tan blanquito, es hermoso”. Había varios adultos presentes, pero nadie siquiera oyó con cuidado lo dicho y el festejo familiar continuó. Solo hubo un oído atento que rescató el comentario, pero debió callar ante la mayoría, por la mal llamada “cortesía”.
Cuando se debatió si se nombraba Día del Niño o Día de las Infancias, no fue solo una discusión semántica. La discusión de base —tal vez cambiar el nombre no fue la elección más acertada— hubiese estado en poner sobre la mesa que el sustantivo elegido abarcara a todos los colores, etnias, condiciones socioeconómicas o credos. Revalorizar que nuestra Constitución, en su artículo 75, inciso 22, incluye la Convención sobre los Derechos del Niño, y buscar la forma de hacerla cumplir para TODOS LOS NIÑOS de manera efectiva.
Esta etapa etaria puede nombrarse como niños, con el genérico “niños y niñas” o con el abstracto niñez. No es el tema central de discusión, sino que cualquier persona realmente de bien, como adulto, no puede pasar al lado de un niño con algún derecho vulnerado y permanecer indiferente.
Ser niño es una etapa más de la vida, la más vulnerable junto con la ancianidad. ¿Qué nos sucede como sociedad, que en los últimos tiempos hemos decidido, de forma mayoritaria, ser indiferentes ante la vulnerabilidad del otro, de nuestro semejante?
