DÍA MUNDIAL DEL IDIOMA ESPAÑOL | Las palabras que no dicen

Escribe: Dra. Cristina Alejandra Romano, abogada del niño

El 23 de abril es el Día Mundial del Idioma Español en homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra. Esto nos lleva a pensar en el valor de la palabra, especialmente en los niños.
Cuando nacemos, nos referenciamos únicamente en quien nos cuida en todo sentido: dependemos de otro ser humano de manera absoluta. Esa persona está a cargo no solo de nuestra integridad física, sino también de insertarnos en el mundo cultural del medio donde nos tocó nacer. Tan vital es una cosa como la otra.
Mucho se enseña sobre el cuidado de la integridad física del recién nacido, pero poco —o tal vez nada— sobre su iniciación cultural en su medio. Esta se produce como una consecuencia natural, desarticulada, informal y “dada por hecho”, sin que merezca reflexión, planificación ni formación específica.
Quien cuida en estos primeros momentos de la vida habla con otras personas en el entorno del bebé, pero no le habla al bebé de la misma manera, sino, usualmente, con un lenguaje especialmente diseñado, cargado de supuestos que no responden al manejo del código real utilizado en la cultura: palabras en diminutivo, onomatopeyas y “creaciones” inventadas para denominar objetos.
En una segunda instancia, se enseña a diferenciar las buenas de las malas palabras. Este es un punto interesante, porque las palabras adquieren valor ético. Un niño en edad de jardín de infantes repite una denominada “mala palabra” y el mundo que lo rodea duda en sus reacciones: desde el reto y la reprobación hasta la risa nerviosa o el festejo.
Mientras tanto, hoy en nuestra sociedad la categorización se desdibuja. La semántica tradicional y los usos de estilo que marcaban la convivencia han cambiado radicalmente. Ya nadie se asombra de que incluso las máximas autoridades utilicen en sus exposiciones las llamadas “malas palabras”. Tal es el grado de naturalización que podríamos preguntarnos si esa categorización sigue existiendo.
Contradictoriamente, en la vida cotidiana al niño se le sigue enseñando esa diferenciación, como si nos molestara que reprodujera las formas de la sociedad en la que le toca crecer.
La formación neurolingüística del lenguaje se desarrolla en la primera infancia, sentando las bases del desarrollo futuro y su expansión a lo largo de la vida. La pregunta sería qué queda del rico idioma español de Cervantes si el mundo adulto —el que cría y guía— duda, se contradice y balbucea peor que un niño en la primera infancia; si acota su vocabulario a unas 200 palabras, mezcla el habla con spanglish y neologismos de cohorte adolescente, y reduce incluso el sentir a un “emoticón”.
¿Cuánto impide, en las generaciones en formación, esta actitud indolente ante el ejercicio efectivo del precioso idioma español?
Cuando ese niño llega a la escolaridad primaria, ya no usa diccionarios para ampliar su vocabulario; la gramática y la ortografía son elementos desvalorizados y en desuso. Las capacidades de expresión se reducen y, con ellas, las creativas, dado que poco puede desarrollarse una idea si no se maneja en forma idónea el instrumento con el cual comunicarla.
Tal vez, un primer paso para avanzar hacia una generación más robusta sea volver al pensamiento de Manuel Belgrano, que impulsaba la educación de la mujer, aún hoy principal responsable de transmitir la lengua junto con la leche materna.
El diálogo en palabras debe volver a abrirse paso entre los emoticones y los mensajes con símbolos dewhatsapp.
No es casual que este diario se llame La Palabra: es un bastión de lucha quijotesca en la conservación y divulgación de nuestra lengua española, junto con la información del diario suceder.

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