HISTORIA | La Campaña al Desierto y nuestra vecindad

Por Juan Carlos Ramírez Leiva | Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza

El 4 de octubre de 1878 comenzó la denominada Conquista del Desierto, cuando el Congreso Nacional aprobó la ley que asignó partidas para financiar la guerra de exterminio que el general Julio Argentino Roca desató contra los pueblos originarios. La conquista de tierras generó latifundios en manos de un reducido grupo de estancieros y especuladores. Muchos vendieron parte de las tierras compradas al gobierno para la compra de ganado, introducir mejoras, tomar ganancias o resolver cuestiones varias.
Los Mac Clymont integraban el grupo de artesanos y granjeros que vieron en el proyecto de Juan y Guillermo París Robertson las posibilidades que Escocia les negaba. La guerra con Brasil llevó a la ruina las ilusiones escocesas; algunos se quedaron, pero la sequía y la guerra civil tras el golpe de 1829 aceleraron la dispersión, y la colonia escocesa de Monte Grande dejó de existir.
Cuando John Mac Clymont y su esposa Catherine arribaron a Buenos Aires, tenía 25 años, un hermano y dos hijos: Guillermo y Roberto. Guillermo se casó con Lucinda Miller y fue padre de seis hijos. En 1883, la nota que Lucinda Miller eleva al juez dice: “Que, según es de pública notoriedad, mi esposo Dn. Guillermo Mc Clymont, (…) murió en territorio nacional el 20 de abril próximo pasado en un combate con los indios”.
Cuando se realizó el inventario de su casa, uno de los testigos fue don Pedro Reta (radicado en Monte Grande desde 1890). Un futuro vecino de Ezeiza fue el arrendatario del puesto Nº 8 del potrero denominado La Cabaña: don Pedro Harguindeguy. Los hermanos Harguindeguy se instalaron en Ezeiza en 1887 y fueron quienes tuvieron el primer surtidor de YPF en la zona, en tanto explotaban el almacén conocido como la Cueva de la Chancha.
Entre los que acompañaban a Guillermo estaban Andrés Purvis, residente en Cañuelas, y Mc Phail, mayordomo de El Totoral, ubicada en Montes. Don Alejandro Mc Phail acompañó a su socio y amigo a Lau Lauquen, junto con “seiscientas y tantas cabezas de ganado vacuno, mil trescientos de ganado lanar y quinientos ochenta y tantos de ganado yeguarizo”.
Del campo en Lau Lauquen, solo 16 hectáreas estaban escrituradas y el resto tenía títulos provisorios, por lo que la testamentaria debió solicitarle al Gobierno Nacional la regularización. Las propiedades en tierras nacionales habían sido compradas a Cecilia López en 1882.
Cuatro leguas antes de llegar a sus campos comenzó a encontrarse con su trágico destino. Como a las siete de la mañana, sus peones escucharon ruidos provenientes de un monte cercano. Integraban el grupo don Andrés Purvis, don Alejandro Mac Phail, Negrete, Urquiza, el indio Ignacio, Molina y cuatro peones, uno de ellos de apellido Puebla. Tras descubrir que se acercaba un indio arriando unos 80 caballos, se los quitan y los ponen a resguardo de la indiada, que ubican refugiada en un monte. A continuación, deciden atacarlos.
El baqueano Juan Negrette estaba despreocupado ese día. Contratado por Mac Clymont para reconocer los campos en Lau Lauquen, no consideró necesario salir del Fuerte Lavalle con su lanza. El Fuerte Lavalle Sur estaba ubicado en la intersección del arroyo San Quilco con el trazado del “camino de los indios a Salinas”. Si bien Negrette era cristiano, había pasado mucho tiempo con los indios. Valeroso, de buena contextura física, era respetado por Pincén, su cuñado, quien lo consideraba su mejor lanza. Negrette estuvo de acuerdo con Mac Clymont en que era oportuno enfrentar a los indios, considerando que estaban sin cabalgaduras.
Los atacaron a tiros de carabina, esperando una leve resistencia. No imaginaban que desde el monte responderían con disparos de Rémington, aquella arma con que se equipó justamente a los hombres que participaron de la Campaña contra los indios y que después fue repartida entre quienes apoyaron a los autonomistas bonaerenses. En junio de 1880 la capitalización estaba resuelta, pero muchas de las armas empleadas quedaron en poder de los vencidos o simplemente de desertores. Esos fusiles Rémington, de a cinco tiros, fueron los que respondieron al embate de Mac Clymont.
Los que cuidaban la caballada acudieron a la lucha, pero descuidaron a los caballos a su cargo, que se llegaron hasta el monte y de esta manera unos ocho o diez indios pudieron montar y desbalancear definitivamente el enfrentamiento.
Gracias a la carta de un corresponsal del diario La Prensa (publicada parcialmente por el historiador de Cañuelas don Lucio V. García Ledesma), sabemos que “Negrette dispuso emprender la retirada a Trenque Lauquen, pero a poca distancia fueron alcanzados por los indios y se vieron obligados a echar pie a tierra, trabándose una lucha desigual, pues a medida que los demás indios tomaban caballos, venían a tomar parte de ella”.
De las once personas que enfrentaron a los indios el 20/04/1883 en Lau Lauquen, solo dos escaparon, uno de ellos herido por las lanzas. A Negrette y al indio Ignacio no se los encontró; el peón Puebla tenía el cuerpo cribado a lanzazos; el resto estaba mutilado por las heridas y la acción de las aves de rapiña. Don Guillermo “Mac Clymont fue encontrado boca abajo con un brazo destrozado de un balazo y con ocho lanzazos en el cuerpo”.
Fue muy difícil el traslado de los restos hasta Bragado, más de 150 kilómetros, desde donde pudieron viajar en ferrocarril. Los cadáveres de Guillermo Clymont, Andrés Purvis y Alejandro Mac Phail llegaron a Buenos Aires en mayo y fueron conducidos al Cementerio Británico, donde fueron enterrados el 20/05/1883. Guillermo tenía 48 años.

HOMBRE VISIONARIO | Don Guillermo y su destino

Don Guillermo Mac Clymont fue un hombre inquieto y visionario; no le temió a lo alejado de Lau Lauquen. Tenía frente a su vista una tierra de pajonales que servían de asilo a los animales que poblaban el desierto; por leguas, solo alteraban el paisaje uniforme las pajas bravas, cortaderas y pajas coloradas. Los duros tallos de estas servirían para construir las paredes de algún futuro rancho, con el simple recurso de yuxtaponerlos en tallos atados a tirantillos de madera.
Los ganados comerían tanto la paja brava como la colorada, siempre que estuvieran tiernas, permitiendo que posteriormente se desarrollaran pasturas más adecuadas. Probablemente hubiera que incendiar de cuando en cuando los campos para que, con la ayuda de las lluvias, favorecieran el crecimiento de pasto tierno para la hacienda.
Habían sido tiempos oportunos para comprarle tierras al gobierno. Por ello, a fines de 1877 compró un campo en Necochea, ubicado frente al arroyo Pescado Castigado, dentro de la jurisdicción del Departamento del Sud (Dolores). La Ley 947 (1878) había ofrecido a la venta 60 millones de hectáreas para generar medios económicos para la Campaña de Exterminio Indígena, ofreciendo a los adquirentes el precio de 16 centavos oro la hectárea. El Banco Provincia ofrecía, en tanto, un crédito de siete años para pagarlas.
La derrota de Calfucurá en 1872 y su muerte al año siguiente comenzaron a facilitar la expansión sobre las tierras indígenas. Se extendió el ferrocarril hasta Azul y la frontera se expandió hacia Carhué, Guaminí, Puán y Trenque Lauquen. Las tierras de Trenque Lauquen pudieron venderse a 8 pesos oro para 1888.
Continuando con nuestra historia, marchaba don Guillermo arriando un poco más de un centenar de caballos y cruzándose con fugitivos avestruces. En los lugares un poco más altos, el suelo estaba minado por los tucutucus, especie de rata grande sin cola, que vive en inmenso número en aquellas vastas soledades y que desaparece grandemente a medida que el terreno cambia de vegetación por la presencia de los pobladores y el aumento de los ganados.
Cuatro leguas antes de llegar a sus campos comenzó a encontrarse con su trágico destino. Quizás lo que Guillermo sentía en el preciso instante en que moría podemos intuirlo en el “Poema conjetural” de Jorge Luis Borges, quien escribió lo siguiente, pensando en el Dr. Francisco Laprida: “Pisan mis pies la sombra de las lanzas / que me buscan. Las befas de mi muerte, / los jinetes, las crines, los caballos, / se ciernen sobre mí… ya el primer golpe, / ya el duro hierro que me raja el pecho, / el íntimo cuchillo en la garganta”.

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