Escribe: Dra. Claudia Muscio | Museo de Historia Regional Tristán Suárez (Distrito de Ezeiza)
El país, tan extenso y rico en posibilidades culturales, amerita ser investigado regionalmente, con criterio argentinocentrista y estableciendo como eje de apreciación la ruralidad.
En efecto, nuestro trabajo de campo, implementado en escuelas rurales desde hace décadas, permite concluir que las apreciaciones, la cosmovisión y la óptica de docentes y alumnos difieren abismalmente en el ámbito urbano respecto del rural. Comencemos por el “habla”, impregnada de terminología propia y vinculada al pasado de las comunidades rurales, aunque teñida de vigencia, atento a que hábitos, costumbres y modismos se cristalizan en áreas alejadas de los grandes centros de decisión y consumo.
Son otros los valores y el mundo rural acarrea la colaboración con las tareas familiares, la noción de alteridad y de un colectivo amasado en celebraciones comunes, en familias organizadas y una escuela y un Estado presentes en la cotidianeidad del niño/niña.
Nuestra flora autóctona rodea establecimientos escolares, otorgando un bello marco con algarrobos, chañares, caldenes, piquillines, en áreas alejadas de la Pampa Húmeda. Los bosques protegidos debieran ser más custodiados, atento a que en todo el país tienen declarados enemigos, como los pools cerealeros, sojeros y los brokers inmobiliarios (por poner solo los ejemplos más emblemáticos).
Es difícil concebir espacios habitables sin la presencia de flora y fauna autóctona. Además, y en relación con la flora alóctona, debe insistirse en su protección, atento a que no solo desempeñan funciones ornamentales, sino que constituyen, muchas veces, cortinas de viento o fijación del suelo o moderación del sonido o estabilización de la temperatura ambiental. Además, su destrucción, la de toda la flora, acarrea la extinción automática de miles de especies vegetales y animales que deben su vigencia a una armónica relación orgánica. También puede la arboleda otorgar perfil histórico e identitario a los pueblos.
El patrimonio histórico-cultural necesita constituirse en un vector de apreciación para todos: autoridades y habitantes. Somos la comunidad en general quienes tenemos el deber de sustentarnos en el pasado, de valorarlo y defenderlo porque esa es la identidad de nuestro pueblo. Además, pueblos que preservan su historia y su riqueza natural son excelentes núcleos turísticos, que promueven cultura pero que, además, impulsan el trabajo y las oportunidades sociales.
Tenemos la obligación (con rango constitucional) de preservar el patrimonio natural y cultural y de instituir la enseñanza ambiental, y el Estado posee poder disciplinario para la recomposición del daño ambiental ocasionado. Somos todos quienes debemos defender lo nuestro. Es tarea colectiva.
